Por Ángel N. Barba Rincón*

Los estudios de género han intentado, con cierto éxito, develar la desigualdad existente en el uso del lenguaje y con ello establecer unos pactos que les permitan a las mujeres estar presentes en la cotidianidad lingüística.

Como bien lo sabemos, el lenguaje juega un papel muy importante a la hora de entender el mundo, nos permite el ejercicio de la comunicación para construir un universo compartido y comunicable- “…puesto que la lengua de una sociedad es un aspecto de su cultura y la relación de la lengua con su cultura es la parte con el todo” (Goodenough, 1957). Es decir, el lenguaje está íntimamente ligado a los contextos en los que se conforma la identidad cultural de los seres humanos y sus respectivos grupos.

Desde la anterior premisa, la perspectiva de género, a partir de amplios estudios, ha demostrado cómo los usos del lenguaje tratan a las mujeres y a los hombres con el propósito de develar si en el lenguaje existe sexismo o cómo a, partir de ello, se genera ocultación de las mujeres en el escenario de las palabras. Estos estudios han partido desde la gramática, hasta suficientes investigaciones en la sociolingüística y en el análisis del discurso, que debido a la corta extensión de este artículo no podemos ahondar.

Y, efectivamente, han demostrado que el sexismo en el lenguaje es suficiente y que por lo tanto es necesario nombrar en femenino para que las mujeres sean incluidas y tenidas en cuenta no solo en la cotidianidad sino también en todos aquellos ámbitos en las que se recrean los grupos humanos: políticos económicos, culturales, teológicos, tecnológicos, entre otros.

Somos lo que decimos y hacemos cuando nombramos el mundo. Por lo anterior, el lenguaje es un producto cultural y no es tan ingenuo, ya que el modo en que utilizamos las palabras no solo afecta el intercambio comunicativo sino también a las maneras en que designamos la realidad y accedemos al conocimiento. (Lomas, 2008).

Por todo lo anterior, es necesario nombrar en femenino con el propósito de hacer visibles a las mujeres ya que en la historia de la humanidad lingüísticamente han sido excluida de las esferas del poder.

Los puristas del lenguaje expresan que cuando nombro en femenino atento contra la economía del lenguaje. La pregunta es “…¿por qué tanta tacañería?” (Lomas, 2008). Si se pretende economía en el uso de las palabras ¿por qué aceptamos e insertamos en nuestro lenguaje expresiones y palabras anglosajonas como hallowen, black friday, for sale, spa, gym…por poner solo algunos ejemplos. La Real Academia Española de la Lengua –RAE- acogió dentro del español un nuevo listado de palabras, entre ellas “guasapear” y, sin embargo, no permite nombrar en femenino algunos oficios. De igual manera, es común la fácil apropiación en el lenguaje cotidiano de términos tecnológicos que están atentando no solo con la economía del lenguaje sino hasta con la misma esencia del español. Un ejemplo, es el recurrente uso de la palabra “Webinar”, a partir de los encuentro virtuales derivados del confinamiento por el Covid-19.

Carlos Lomas, el filólogo español, cita a Saussere, padre de la lingüística contemporánea, quien expresó que: “La lengua es algo demasiado importante como para dejársela a los lingüistas. La lengua debe ser de las personas quienes la usan por lo tanto está sujeta a cambios” (2008). Es decir, somos las personas quienes las recreamos y quienes nos apropiamos de las distintas formas comunicativas. 

Pequeños cambios con gran significado

Esta es una invitación a realizar cambios significativos en los procesos comunicativos de la humanidad y específicamente en la forma como hablamos o escribimos, con el propósito de generar mayor inclusión y de hacer visible la presencia femenina en el mundo, no solo por establecer un ejercicio de reivindicación sino también por comenzar a construir democracias más equitativas e igualitarias.

Así como en la historia de la humanidad el sistema patriarcal ha instituido a partir del lenguaje formas gramaticales para nombrar a los hombres, por ejemplo: el juez, el líder, el médico, entre muchas otras palabras, atrevámonos a convertir en femenino estos oficios. Sin miedo podemos decir: la jueza, la lidereza, la médica. De igual manera, démosle la vuelta a ciertas expresiones androcéntricas y excluyentes como, por ejemplo, “Reuniones de padres de familia” e involucremos lingüísticamente a las madres, así como a las mujeres en los “Derechos del hombre”.

En último caso, si no quiere entrar en disputa con los puristas del lenguaje, puede recurrir al uso neutral del género en la lengua. He aquí algunos ejemplos:

En fin, el lenguaje es muy rico en expresiones y el español, hasta el 2020, contaba con 88.000 palabras aproximadamente. Cada vez se renueva y nos damos cuenta del mayor número de palabras anglosajonas que pertenecen al argot tecnológico, económico, de la sociedad de consumo y hasta de los fenómenos culturales, que son insertadas y aprobadas por las autoridades lingüísticas, producto del uso indiscriminado en la cotidianidad.  

Finamente, si queremos sociedades incluyentes, si cada vez abogamos mucho más por los Derechos Humanos, entonces un primer paso es comenzar a nombrar en femenino ya que …“la lengua puede ser de todos y de todas: no es un sistema rígido, cerrado a cualquier mutación  sino, al contrario, el cambio está previsto en sus mismas estructuras; es un sistema dinámico, un medio flexible, en continua transformación , potencialmente abierto a escribir en él infinitos significados, y por ello prevé también la expresión de la experiencia humana femenina” Graziani, 1997).

 

Referencias:

-Goodenough, W.H. (1957) Antropología cultural y lingüística. Universidad de Georgetown. Washington, USA.

Graziani, F. (1997) Lengua y subjetividad femenina. ICARIA, Barcelona, España.

Lomas, C. (2008). ¿El otoño del patriarcado? Ediciones Península. Barcelona, España. 

 

*Doctorado en Género