Por Alida María Acosta Ortiz* 

Tener ‘piedra’ o rabia, estar arrecho, berraco o de mal genio son algunos de los términos que usamos para expresar enojo o enfado en Santander. Usualmente estas palabras van acompañadas de expresiones faciales muy distintivas, volumen de voz alto y de adjetivos poco aptos para ser escritos acá pero que por la intensidad de su significado refuerzan la agresividad del enojo, algo así como “mejor le agrego otras palabritas para que le quede claro que usted me sacó la 'piedra'”.

El enojo, como todas las demás emociones, son propias de la condición humana; no son permanentes y por ello requieren de nuestra atención para poder captar la información que nos brindan; son volátiles y arrebatadas. Cuando las emociones son desatendidas siguen su curso y se escapan de nuestro sistema en su estado natural, con ello no solo perdemos una posibilidad de conocernos a nosotros mismos o de usarlas para generar efectos positivos, sino que además corremos el riesgo de que estas emociones toquen a otros causando incomodidad o dolor.

Recientemente hemos conocido en nuestra ciudad un número de casos protagonizados por el enojo y el enfado, emociones que no son buenas ni malas en sí mismas, y que por lo tanto requieren de tacto y filtros sociales para ser manejadas antes de que lleguen a convertirse en una amenaza para la salud mental y física de la persona enojada o interrumpan la armonía de la comunidad. 

Encontrar la forma apropiada de expresar enojo representa uno de los mayores dilemas personales para los seres humanos en casi todas las sociedades, y los referentes de lo que es apropiado o no hacer cuando se está enojado varían de una cultura a otra.  En Santander, por ejemplo, es motivo de orgullo ser directo y en ocasiones esto ha sido malinterpretado como aprobación a una comunicación sin filtros, en la que las emociones fluyen en su curso natural. Sin embargo, estos comportamientos no solo hacen más vulnerable a la persona enojada, sino que la hacen menos asertiva a la hora de comunicar una opinión, un deseo o una necesidad.   

Todos tenemos cosas que nos molestan y todas las personas experimentamos mal genio o enojo. El enojo es una emoción natural, inclusive útil para monitorear las condiciones de bienestar del ambiente en el que estamos. El enojo nos puede ayudar a identificar problemas, a reconocer aquello que no nos gusta; puede servir para comunicar a otros cuando su comportamiento nos afecta negativamente; nos puede motivar a generar cambios o a perseverar en el logro de un objetivo. El enojo nos protege dándonos una recarga de energía que nos permite aproximarnos o huir de una situación de peligro. Pero la manera cómo usamos la energía que viene con el enojo, ya sea de forma agresiva o no, depende entre otras, de la personalidad, las experiencias de vida, la educación recibida, el punto de vista que una persona tenga sobre el mundo, y las circunstancias. 

En una sociedad democrática en la que los ciudadanos tienen libertad para decidir sobre sus aspiraciones y los medios para satisfacerlas, el enfado comúnmente es el resultado de lo que se observa que no coincide con las ideas o expectativas que se tenían previamente construidas. Esta disonancia reta los conceptos que la persona tiene sobre el mundo, y para algunos, no para todos, este hecho se vuelve una amenaza a su estabilidad, autoridad y estatus. Las personas pueden acentuar su percepción de injusticia y sentirse atacadas, indefensas, frustradas, o que sus ideas y pertenencias no están siendo tratadas de forma respetuosa. 

En ciertas ocasiones, esta inconformidad a pesar de ser circunstancial, puede ser interpretada como una forma de rechazo por parte de los demás y terminar sacando de casillas a una persona. Si usted logra identificar cuáles de sus ideas sobre el mundo usualmente generan estas disonancias, ya está un 50 % más cerca de amistarse con el enojo. El otro 50 % es aprender a interactuar con esta energía. Una situación que puede enojarlo a usted, en los demás puede generar otro tipo de emociones y no por ello su enojo es algo negativo, pero es necesario aprender a reconocer los detonantes de su enojo, aprender a ponerle filtros y a expresarlo de forma no agresiva.  

El enojo puede representar un problema cuando no se expresa, se expresa poco o mucho. Como es una una emoción social, siempre hay un blanco hacia el cual se dirige, y que puede ser la persona misma. Si los niños aprenden que está bien expresar el enojo de forma violenta y agresiva, es probable que como adulto esta sea su tendencia de respuesta: gritar, insultar, tirar cosas, ser físicamente violentos, usar lenguaje agresivo y amenazante hacia los otros. Ahora bien, si en la niñez y adolescencia no se le permite expresar su enfado, es probable que como adulto dirija el enojo hacia sí mismo o que evite confrontar su propio enojo porque no se siente seguro sobre cómo expresarlo. Dirigir el enojo hacia sí mismo resulta en comportamientos de autocastigo, como auto maltrato físico, negación de la comida y de la realización de actividades que generan placer perdiendo la sensibilidad hacia el goce y haciéndose más propenso al dolor y la irritabilidad. Otra forma de expresar el enojo es la agresión pasiva, aunque este comportamiento no es violento físicamente, puede convertirse en agresividad emocional por cuanto el enojo se expresa ignorando a los otros, silenciosamente desacatando órdenes o compromisos, uso de sarcasmo en la comunicación o en su defecto abstenerse de expresar su opinión. Identificar cuál de estos tres comportamientos es el más recurrente, le permite a la persona implementar los mecanismos más apropiados para reducir el efecto negativo del enojo en sí mismo y en los demás. 

¿Cómo reconocer el enfado? 

El cuerpo emite señales físicas como náuseas, opresión en el pecho, pulsaciones rápidas, debilidad en las piernas, tensión en los músculos, sudor, temblor, mareo que nos alertan sobre la recarga de energía en nuestro sistema. Por otra parte, hay señales en la mente que indican el estado de enojo, sentirse humillado, nervioso ansioso, culpable, irritable. Identificar esas señales en medio de un episodio de insatisfacción puede ser difícil, pero en la medida en que una persona practique el reconocimiento de estos síntomas le va a resultar mucho más fácil hacerlo y decidir cómo responder.

Socialmente hemos creado formas de enmendar y prevenir la incomodidad causada a otros con el enfado, por ejemplo, ofrecer disculpas, acatar las normas sociales y de urbanidad, y aceptar las disculpas que otros ofrecen. A nivel personal, es posible reducir la incomodidad del enojo modificando los hábitos de expresión de este. Estudios en neurociencia  han demostrado que cuando el enojo se transforma en un comportamiento agresivo se activa la amígdala, un área del cerebro que también está asociada con el procesamiento del miedo y de la ansiedad; sin embargo, si la persona ha practicado suficiente el reconocimiento del estado de enojo y sus causas, otra área del cerebro, la corteza orbitofrontal,  que está ubicada arriba de los ojos, se activa y funciona como freno para evitar que la explosión de energía generada por el enojo se convierta en una reacción agresiva.

Como adulto, ver en retrospectiva cómo ha sido su relación con el enojo, le permitirá identificar sus sesgos de expresión de enojo e identificar las formas más saludables para comunicarlo.

Si bien es cierto que la educación recibida en la infancia y la adolescencia, así como la personalidad, determinan en parte la expresión de las emociones, y que como adultos ya no podemos rehacer ese camino, sí tenemos la posibilidad de observar en retrospectiva nuestra experiencia de vida para identificar en ella los episodios de enojo que hemos vivido, las causas y la respuesta comportamental para cada uno de estos momentos. Esto no solo le permitirá conocer sus hábitos y ver los que requieren ser modificados, sino que además podrá sorprenderse al encontrar que el enojo que está experimentando ahora quizá tenga poco o nada que ver con las circunstancias actuales de su vida y que más bien esté relacionado con alguna situación vivida anteriormente por lo que esta reacción se ha automatizado, perdiendo de vista el contexto en el que surge la incomodidad.  

Usted tiene poco o ningún control sobre el enojo, pero con práctica es posible desaprender formas agresivas de expresarlo para implementar hábitos que incentiven formas saludables de usar la recarga de energía que produce el enojo. 

A continuación, algunas ideas que pueden ser la amalgama para que cuando se le ‘salga la piedra’ no le pegue a nadie, ni le rebote a usted mismo:  

  • Juegue con más frecuencia y juegue a pensar una misma cosa desde diferentes perspectivas.
  • Haga un registro de las circunstancias o ideas que le sacan el genio, escriba las consecuencias de su mal genio y proponga alternativas de respuesta para cuando la situación se repita. 
  • Escoja un sitio de su casa para estar a solas con sus propias emociones, especialmente aquellas que le causan incomodidad
  • Aunque no parezca, las circunstancias actuales son las que deberían ser en este momento y no dependen solo de una persona o situación, todo está en constante cambio.  
  • Durante el día pare su actividad y respire por 30 o 45 segundos.
  • Juegue a practicar gratificación aplazada. Por ejemplo, posponga por un par de minutos tomarse ese sorbo de agua o comer esa galleta que tanto le gusta. 

Y si ya se armó la discusión con otra persona, entonces: 

  • Pare de hablar y escuche a la otra persona.
  • Conserve “yo” como sujeto de sus frases.
  • Use el buen humor. 
  • Traiga a la mente objetos que le puedan recordar la sensación de calma. Por ejemplo: la foto de alguien o su lugar favorito. 
  • Ubíquese frente a un espejo mientras discute. Luego me cuenta cómo le fue con esta poderosa estrategia. 

 

*Profesora de la Facultad de Salud de la Universidad Autónoma de Bucaramanga. Doctora en Psicología

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