Poeta, novelista y traductor español nacido en Valencia en 1922.
Estudió Derecho en su ciudad natal y Filosofía y Letras en Zaragoza, doctorándose en la Universidad de Madrid.
Fundador y director de Cuadernos literarios y Verbo, del anuario de Poesía española Anupe, y autor de una
Antología del surrealismo español. Ha sido además Crítico de poesía y de arte, conferencista y viajero infatigable.
Sus poesías han sido traducidas al francés, inglés, alemán, y al hebreo moderno, e incorporadas a diversas antologías españolas, europeas y sudamericanas.
Obtuvo el premio Gabriel Miró por su novela El silencio de Dios, el premio Valencia de Literatura por Odisea 77 en 1977, y en 1978 el premio Miguel Ángel de Argumosa por Elegía atlántica. Entre sus publicaciones poéticas merecen destacarse: Poemas del amor de siempre, Septiembre en Paris, Bajo palabra de amor, Elegías apasionadas, Piedra viva, Elegía atlántica en 1978, Javea o el gozo en 1992 y Esfinges en el año 2000.
¿Y a ti qué te diré, río del alma, cántaro de mi sed, jardín cerrado?
¿Y a ti qué te diré, río del alma, cántaro de mi sed, jardín cerrado? ¿Y a ti qué te diré, mujer que dejas tu corazón al borde de mi vida? Hasta ti llegaré y, entre las manos, tomaré viento y agua; luz y tierra, y amasaré nuestros dos nombres juntos. Qué nuestra es la esperanza, que nos gana y nos pierde cada día. Qué nuestra es la tristeza, que se escurre a lo largo de los hombros y nos deja indefensos, solitarios. Qué nuestro es el recuerdo, que nos une lo mismo que un abrazo. Qué nuestro es nuestro amor. Con él estamos igual que un niño con zapatos nuevos. Qué nuestro es nuestro mundo: isla de guerra y paz, isla profunda hecha a la dimensión de nuestras almas. Qué nuestro es nuestro amor, Qué indescifrable, qué remoto, qué mío
Qué mía que eres tú, qué mío el mundo, que mía mi verdad cuando te tengo. Encontrándome en ti, me hallo a mí mismo. Mi vida empieza donde tú terminas. Mi vida es despeñarse, como un toro por las encrucijadas del misterio. Mi vida es caminar, morirse a ratos, y comenzar de nuevo la jornada. Pero tú eres la paz. La paz ganada a pulso, a fuerza de huracanes y batallas. No hay victoria que valga si no arriesgamos nuestra propia vida Y la nuestra aquí está. Sin burladeros, jugando con el mundo a cuerpo limpio. Amor es bello si la herida es honda. Horademos la piedra gota a gota. Hay que aprender la paz de cada día. Yo la aprendí en tus ojos. Aprenderla y vivirla. Yo he aprendido a vivir a tu manera. No hay paz para quien lleva sus dos manos vacías de esperanza No hay paz para quien niega sombra o luz á su hermano. No hay paz para quien cierra el corazón, y calla si alguien llama a su puerta. Ni hay paz para la fuente que no mana, para el árbol sin fruta, para el labio sin beso, sin perdón y sin fuego... No, no hay paz para el hombre vacío de esperanza.
Haya paz para el hombre que te busca, como el campo la lluvia de setiembre. Haya paz para el hombre que está solo, con su destino a cuestas Haya paz y haya amor. Romped los diques de la fe y de los besos, y ahogadme en sus dulces huracanes. Yo te llamo mujer, y te llamo ternura y fortaleza; y alegría y dolor a un mismo tiempo. ¡Oh, región fabulosa de tus brazos! Aprenderemos a vivir de nuevo. Dame tú luz, tu cumbre, tu destino. Dame más, mucho más: tu propia vida, pues sabes darlo todo a manos llenas. Eres incalculable como un mundo. Y tiernísima y frágil como un niño. Me sorprendes, me empujas, me acorralas, y entre los labios te me mueres dócil. Eres tú y eres yo. Todo es a un tiempo rabia de destrucción y de ternura, de inexplicable y de gozoso hallazgo, de generoso encono de caricia. Nuestra vida se suma y se desborda. Mi encarnizada soledad es tuya. Tu terquedad dulcísima y el agua de tu mirada triste son ya sangre en mi piel, ya son cascada. Somos un viento que en la vida clama, abriendo puertas, derribando muros, levantando la niebla de los turbios callejones del hombre. Aquí está nuestra lluvia de esperanza. Somos la vida. Detened el brazo que amenaza y conmina. .. Nada podéis, porque la tierra muere, pero nace otra vez. Somos la tierra que nos forma, nos une y nos libera. Tierra de Dios, con fuego en el costado que incendia un corazón para dos vidas.
¡Qué terrible esperanza! ¡Qué delirante gozo! ¡Qué vértigo en el alma! ¡Qué insumisión, qué cólera, qué fuego...! Si fuimos dos, ya somos uno mismo.
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